25, Las piedras lajas.
Las piedras lajas.
Hay decisiones urbanas que no son simples errores: son síntomas. Señales de una manera de gobernar el espacio público que confunde el adorno con el cuidado, la ocurrencia con la planificación, el parche con la visión. Y lo que está ocurriendo en el jardín de la Avenida de Villamartín —esa sustitución del cemento por lajas “rústicas” decorativas— es exactamente eso: un síntoma de una estética improvisada que se impone sobre la coherencia del lugar, sobre su historia y sobre su función.
Porque
lo primero que uno percibe al caminar por ese tramo es la ruptura. No una renovación, no una
mejora, sino una fractura visual y material. Donde antes había continuidad,
ahora hay un collage. Donde antes había un recubrimiento sobrio, funcional,
pensado para durar, ahora aparece una especie de escaparate de catálogo: lajas
que pretenden ser rústicas, pero que no dialogan con nada de lo que las rodea.
Ni con los muros de piedra, ni con la vegetación, ni con la identidad del
paseo. Es un injerto estético sin raíces.
Y
lo más grave no es la laja en sí, sino lo que revela: la obsesión por “decorar” sin comprender. Como si el espacio
público fuera un salón privado donde colocar piezas bonitas sin pensar en su
uso, su desgaste, su integración o su mantenimiento. Como si el jardín de la
Avenida fuera un escenario para fotos rápidas, no un lugar vivo, recorrido,
sentido por generaciones.
La operación transmite una idea peligrosa: que el pueblo puede rehacerse a base de ocurrencias, de materiales de moda, de decisiones tomadas desde un despacho sin bajar a la calle. Y así se pierde algo más que cemento: se pierde coherencia urbana, se pierde memoria, se pierde respeto por el carácter del lugar.
Porque Villamartín no necesita lajas rústicas para parecer auténtico. Ya lo es. Lo que necesita es criterio, continuidad, sensibilidad. Necesita que cada intervención sume, no que compita. Que cada reforma dialogue con lo existente, no que lo contradiga. Que el jardín de la Avenida siga siendo un espacio reconocible, no un mosaico de estilos que cambian según la moda del mes.
La
sustitución del cemento por estas lajas no es una mejora: es un gesto de desorientación estética. Una forma de
maquillar sin pensar. Una intervención que, en lugar de elevar el espacio, lo
fragmenta. Y lo que se fragmenta, tarde o temprano, se pierde.
Villamartín
merece algo mejor que un decorado. Merece decisiones que miren más allá del
brillo inmediato. Merece un urbanismo que respete su identidad, no que la
disfrace.
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