20. Una puerta que pide respeto
Una puerta que pide respeto
Hay
rincones en Villamartín que no necesitan alzar la voz para contarnos su
historia. Basta detenerse un instante, dejar que el silencio haga su trabajo y
escuchar lo que la piedra o ladrillo, la madera y la sombra guardan desde hace
siglos. Uno de esos rincones es la vieja puerta del antiguo hospital de San
Juan de Dios, hoy casi escondida, casi olvidada, casi pidiendo permiso para
seguir existiendo.
La
fotografía que acompaña esta entrada no es solo una imagen: es un recordatorio.
Un recordatorio de lo que fuimos, de lo que tuvimos y de lo que, poco a poco,
estamos dejando escapar entre el ruido del tráfico, el descuido urbano y la
prisa cotidiana.
Cuesta
imaginarlo ahora, viendo la puerta arrinconada, sin protección ni contexto,
pero tras ese umbral se atendió a los pobres, a los enfermos, a los viajeros
sin rumbo y a los vecinos sin recursos durante casi 250 años. Allí, en aquel
hospital estrecho y humilde, los hermanos de San Juan de Dios curaron cuerpos y
acompañaron almas.
Los
documentos históricos nos recuerdan que la presencia hospitalaria en
Villamartín se remonta al siglo XVI. En 1587, la villa entregó su primitivo hospital
a los hermanos de San Juan de Dios, movida por la admiración hacia la obra de
fray Juan Grande. En los documentos puede leerse que el hospital era “estrecho
y corto”, y que fue necesario ampliarlo, construyendo incluso una iglesia
dedicada a la Purísima Concepción, muy venerada por los vecinos.
Durante
siglos, este hospital fue un refugio para quienes no tenían otro lugar donde
caer. Los documentos señalan que los religiosos “servían y curaban a los
pobres”, llegando a realizar entre 60 y 70 curaciones anuales, pese a vivir en
absoluta pobreza y depender de la limosna y de la generosidad de los labradores
del entorno.
En
palabras de los documentos: «Tenía el hospital ocho camas y el convento
viviendas para seis religiosos, que servían y curaban a los pobres.»
Ocho
camas. Seis frailes. Y un pueblo entero que encontraba allí un refugio cuando
la enfermedad, la miseria o las epidemias llamaban a la puerta.
Hoy,
esa misma puerta permanece muda, como si esperara que alguien volviera a
tocarla.
A
las espaldas del hospital, los frailes mantenían una pequeña botica. Desde allí
preparaban remedios, ungüentos y tisanas que aliviaban a los vecinos cuando no
había médicos ni farmacias. Aquella botica fue tan importante para la vida
diaria del pueblo que acabó dando nombre a la calle que aún hoy conocemos como calle
Botica.
Cada
vez que pronunciamos ese nombre —Botica— estamos repitiendo, sin saberlo, un
eco de aquellos frailes que mezclaban hierbas, molían plantas y preparaban
remedios para quien los necesitara.
Esa
puerta ha visto pasar epidemias, guerras, saqueos, exclaustraciones y siglos de
pobreza. Ha resistido más que muchos edificios enteros. Y, sin embargo, lo que
no ha podido resistir es la indiferencia.
Hoy
aparece sin placa, sin explicación, sin un gesto que indique al visitante que
está ante uno de los lugares más significativos de la historia social de
Villamartín. Es como si la hubiéramos dejado sola, sin memoria, sin relato.
Pero
la puerta sigue ahí. Y sigue hablando.
No
escribo estas líneas para señalar culpables, sino para despertar miradas. Para
que la próxima vez que pasemos por delante, no veamos una puerta vieja, sino un
fragmento de nuestra identidad. Para que entendamos que el patrimonio no es
solo lo monumental, lo grandioso o lo restaurado: también es lo humilde, lo
cotidiano, lo que ha sobrevivido a fuerza de necesidad.
Villamartín
tiene la obligación moral —y el privilegio— de conservar lo que queda de su
hospital de San Juan de Dios. No se trata solo de restaurar una puerta: se
trata de recuperar un capítulo fundamental de la identidad local.
La
historia ya hizo su parte. Ahora le toca al pueblo decidir si quiere seguir
ignorando esa puerta… o abrirla, simbólicamente, para que vuelva a contarnos
quiénes fuimos.
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