23. La calle Extramuros
La calle Extramuros
Una vía
histórica de Villamartín al borde del colapso
Villamartín
vuelve a situar en el foco local uno de sus problemas urbanos más persistentes:
el grave deterioro de la calle
Extramuros, una vía con casi dos siglos de historia, cuyo estado actual
preocupa seriamente a los vecinos y evidencia una falta de mantenimiento
prolongada en el tiempo.
La
calle, cuyo origen se remonta a 1840–1845, nació como zona de desahogo del
casco urbano. Su nombre, de hecho, responde a la definición literal de la RAE:
“fuera del recinto de una ciudad o población”. Con el paso de las décadas,
Extramuros fue ampliándose y adquiriendo nuevas funciones, hasta convertirse en
un tramo clave para la movilidad interior del municipio.
Sin
embargo, hoy es una vía marcada por grietas, hundimientos y un muro de
contención que muestra signos evidentes de fatiga estructural.
La documentación histórica consultada recuerda que ya en 1953 el concejal Diego Vázquez Pérez alertaba del estado “muy lamentable” del tramo conocido como los postigos, donde “se hacía imposible el tránsito de vehículos”. En 1964 se aprobó un proyecto integral de pavimentación, alcantarillado y contención del terraplén en el trozo de los postigos, llamándosele calle Arquillos, con la intención de convertir la calle en una ronda de circunvalación para vehículos pesados.
A
finales del siglo XX se acometió una remodelación parcial, pero desde entonces
—según los vecinos— no ha habido un mantenimiento adecuado. Los vecinos son explícitos:
“...lo único que se ha hecho es parchear”.
El
deterioro no es superficial. La calzada presenta una fractura longitudinal que
recorre todo el tramo, descrita así por los propios residentes: “El tramo
está roto longitudinalmente en su integridad; y cada vez las grietas son más
anchas. No sirve rellenarlas de gravilla.”
Las
aceras tampoco escapan al problema. La que discurre junto a las viviendas tiene
“lozas sueltas” y un desnivel que “recuerda a una montaña rusa”. La otra,
situada junto al muro de mampostería, sufre el empuje de las raíces de los
árboles, que han levantado el pavimento y amenazan los cimientos de las casas.
Los
vecinos aseguran que “rara es la casa en donde no han aparecido grietas en
las paredes”. Algunos han trasladado la situación a la alcaldía, pero
denuncian que no han recibido respuesta.
A
la degradación estructural se suma un problema de convivencia. En las noches de
verano —y también en otras épocas del año— los residentes se ven obligados a
cerrar ventanas para evitar “coger un colocón” de los productos que se fuman en
la acera de enfrente o soportar el ruido de grupos de jóvenes a altas horas de
la madrugada, que han convertido la zona en un “botellódromo” improvisado.
La combinación de inseguridad física y molestias nocturnas ha convertido la calle en un punto crítico para la calidad de vida del vecindario.
La
grieta entre el acerado y el muro de contención “ya cabe un zapato”, según la
fotografía, y algunos tramos muestran una curvatura preocupante hacia la
ladera. Los vecinos temen que, de no actuar pronto, el daño pueda convertirse
en irreversible.
La
situación de la calle Extramuros plantea un desafío que trasciende lo local. Se
trata de una vía histórica, con viviendas habitadas y un papel relevante en la
movilidad interna del municipio. Su deterioro no solo afecta a quienes viven
allí: es un síntoma de la necesidad de una planificación urbana sostenida y de
una inversión pública que garantice la seguridad de todos.
Los
vecinos han hablado. Han avisado. Han insistido. Y el Ayuntamiento ha
respondido con silencio.
La
pregunta ya no es qué ocurrió para llegar a este punto. La pregunta es qué
tiene que pasar para que alguien actúe.
Porque
las grietas no esperan. Y, mientras tanto, los residentes siguen esperando una
respuesta clara y una intervención que ponga fin a décadas de abandono.


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