22. El Convento de San Francisco
El
Convento de San Francisco
La
memoria que se negó a desaparecer
En
el corazón de Villamartín, en el número 13 de la calle San Francisco, se alza
un edificio que respira historia incluso en sus silencios. Hay edificios que
caen porque el tiempo los vence. Y hay otros que caen porque alguien decidió
que sobraban. El Convento de San Francisco pertenece a esta segunda categoría:
un lugar que sobrevivió no gracias a las instituciones, sino a pesar de ellas.
Hoy
lo paseamos como si fuera un simple espacio cultural. Pero bajo ese claustro
silencioso late una verdad incómoda: Villamartín
estuvo a punto de perder uno de sus símbolos más antiguos por desidia,
intereses privados y decisiones políticas que jamás miraron por el pueblo.
Lo
que queda del antiguo convento es su claustro, un espacio de dos plantas donde
las columnas de fuste liso sostienen arcos de medio punto. En los ángulos,
pilares cuadrangulares con columnas adosadas recuerdan la sobriedad de la
Orden. La entrada, un arco escarzano sin ornamentos, está bordeada por el
inconfundible cordón franciscano, como si los frailes aún custodiaran el
umbral.
La Orden franciscana entró en Villamartín en 1594. Su historia aquí es un viaje errante: primero la ermita de la Encarnación, luego la de la Santa Vera Cruz, después una casa prestada por un devoto, y finalmente, de nuevo la Encarnación por orden del arzobispo de Sevilla. No fue hasta 1630 cuando D. Alonso de Bohórquez les cedió unas casas junto a la Vera Cruz, donde levantarían el convento definitivo.
La
comunidad siempre fue pequeña, casi testimonial. Como recoge Antonio Mesa
Jarén, “la Comunidad debió ser siempre exigua en número de religiosos… y el
convento de poca relevancia”. A punto estuvieron de desaparecer en 1600,
cuando un Capítulo Franciscano decidió suprimirlos. Solo una movida popular, como la llama Mesa
Jarén, logró mantenerlos en la villa.
Si
algo caracterizó a los franciscanos de Villamartín fue su austeridad radical.
No poseían bienes, a diferencia de otras instituciones religiosas. El
inventario de 1810 es casi estremecedor: “La mayoría de los altares carecen
de metales. Los vestuarios y demás objetos de culto, viejísimos… En el granero
‘no había cosa alguna’”. Su vida era una renuncia constante.
Tras
la marcha de los frailes hacia 1830, el edificio se convirtió en casa de
expósitos, hospital y escuela de primeras letras. Pero su propiedad se
convirtió en un conflicto tras la desamortización de 1835.
El
Marqués de Campo Nuevo reclamó el edificio alegando derechos del mayorazgo
Bohórquez. Argumentaba que, según un acuerdo de 1669, si los franciscanos
abandonaban el convento, este debía volver al linaje. Mientras tanto, la
Contaduría defendía que el Ayuntamiento ya tenía otro edificio para expósitos y
no necesitaba este. Que el convento podía venderse “a buen precio”.
A
buen precio. Ese fue el criterio.
No
la historia. No la memoria. No el bien común.
El
pulso duró años.
Finalmente,
el 5 de junio de 1844, la Junta rechazó la petición del conde de San Remí y
concedió el convento al Ayuntamiento para usos benéficos y educativos. Eso sí,
con una condición simbólica pero contundente: debían borrar todo rastro visible de su pasado religioso. Solo
sobrevivió un azulejo en la fachada, donde San Pedro de Alcántara empuña un
látigo hecho con cíngulos de esparto, recordando la expulsión de los mercaderes
del templo.
Hoy,
el Convento de San Francisco es un espacio cultural. Pero quien atraviesa su
claustro siente algo más que arquitectura: percibe la huella de los frailes
pobres, la presión de los poderosos, la obstinación del pueblo y la lenta
transformación de un edificio que nunca quiso rendirse.
Villamartín
no solo conserva un convento. Conserva una historia de resistencia. Lo que
queda de convento sigue ahí. Pero no olvidemos que estuvo a un paso de no
estar.

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