24. La Alameda
Historia de un paseo que nació para el pueblo y que hoy el pueblo
encuentra cerrado.
La
Alameda no nació como un adorno urbano ni como un capricho municipal. Nació
como un acto de dignidad colectiva,
como una obra pensada para que Villamartín tuviera un espacio propio, abierto,
respirable, un lugar donde la vida pública pudiera desplegarse sin trabas. Así
lo recogen las actas de 1894, cuando el alcalde Joaquín Carredano impulsó la
idea de “construir un paseo digno del
pueblo” y, además, dar trabajo a la clase obrera. El maestro de obras
Manuel García de Soria trazó el plano, levantó la memoria y calculó el
presupuesto; el Ayuntamiento lo estudió, lo debatió y lo aprobó porque entendía
que aquel paseo no era un lujo, sino un derecho.
Un
año después, en 1895, el alcalde Alejo Gutiérrez proclamaba con orgullo que la
obra estaba terminada y que había supuesto “una mejora de importancia en esta localidad”, recordando que
incluso se habían construido escaleras y plantado cuarenta árboles en la calle Álvarez
Troya. El paseo se inauguró como Paseo
de la Concordia, con lápida conmemorativa incluida. Era un espacio
público, pensado para todos, sin exclusiones.
Las
fotografías antiguas lo confirman: en los años 40, La Alameda era un lugar
vivo, abierto, transitado. Un paseo de sombra y bancos, de conversación y paso
lento. Un espacio que pertenecía al pueblo porque así había sido concebido
desde su origen.
Con
el tiempo, los nombres cambiaron —Avenida de Primo de Rivera, Alameda de Pablo
Iglesias, de nuevo Primo de Rivera—, pero el espíritu del paseo seguía siendo
el mismo: un espacio público al
servicio de la ciudadanía.
Cuando
se construyó el Colegio Libre Adoptado “Menéndez Pelayo”, con aportaciones de los vecinos en una suscripción pública, el Ayuntamiento dejó
claro en acta que el edificio se dedicaría a enseñanzas. La Alameda se remodeló para servir de recreo a los
alumnos, pero nunca se concibió como un recinto cerrado ni como un espacio
dependiente de horarios administrativos. Era un paseo, no un patio vallado.
Lo
que se ve actualmente, sin embargo, cuenta otra historia. Una historia que
contradice frontalmente el espíritu fundacional del paseo.
Hoy,
donde antes había horizonte, hay muros.
Donde antes había paso libre, hay candados.
Donde antes había vistas naturales, hay dos
construcciones levantadas a ambos lados del edificio anexo, más altas
que el nivel del paseo, que tapan la
luz, la amplitud y la esencia misma del lugar.
Los
laterales aparecen cerrados con
candados. El acceso libre —ese que existió durante más de un siglo— se
ha visto sustituido por un régimen de apertura restringida, limitado durante
años a las horas de oficina del organismo provincial que ocupa el edificio
anexo. Un edificio que, según las actas municipales, no debía convertirse en sede administrativa, sino en centro
educativo. Y, sin embargo, ahí está: convertido en barrera, en filtro, en
frontera.
La
Alameda, que nació para ser un espacio de todos, ha terminado siendo un espacio
condicionado, controlado, cerrado. Incluso los jóvenes —que deberían poder cruzarla, usarla,
apropiársela como hicieron generaciones anteriores— encuentran hoy sus
laterales bloqueados. El paseo que se creó para dignificar al pueblo se ha
convertido en un lugar al que el pueblo accede “cuando se puede”.
Y
aquí surge la pregunta inevitable, la que cualquier vecino tiene derecho a
formular: ¿Quién decidió que un paseo
público, construido con fondos municipales y para uso ciudadano, podía quedar
supeditado a los horarios y candados de un organismo supramunicipal?
Las
actas son claras. El edificio se destinó a enseñanzas. No a oficinas. No a
restringir el paso. No a condicionar el uso del paseo.
Por
eso, quizá haya que preguntarle directamente al alcalde que cedió el edificio a
la Mancomunidad de la Sierra, desautorizando
a sus propios compañeros de entonces y alterando el destino que el pueblo
había acordado para ese espacio. Porque las decisiones que afectan a un bien
público deben explicarse públicamente. Y más aún cuando esas decisiones
contradicen la historia, la memoria y la voluntad original de quienes
construyeron La Alameda.
Hoy,
el viejo reloj del antiguo instituto —ese que “espera, ya viejo, un poco de grasa en sus articulaciones”—
contempla desde lo alto un paseo que ya no es el que fue. Un paseo que nació
libre y que hoy se encuentra cercado.
La
Alameda no necesita nostalgia. Necesita responsabilidad.
Necesita coherencia histórica.
Necesita que se le devuelva lo que siempre fue: un espacio del pueblo y para el pueblo.
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